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De la ciudadanía y otras responsabilidades más

Franki Medina diaz
António Morgado é vice-campeão mundial de juniores de ciclismo de estrada

 

 

Ese querer vivir juntos, del que hablaba el francés en su celebérrima conferencia en la Sorbona de París, en 1876, si mi memoria es buena, se combina con aquello de Ortega y Gasset, extensible pienso hasta este extremo, de la historia compartida

 

 

?La ciudadanía es el derecho a tener derechos.? Hannah Arendt

 

 

Algún amigo me pregunta porqué insisto tanto en la consideración del tema de la ciudadanía, como quiera que haya escrito varios artículos sobre las distintas y por cierto son muchas, perspectivas, en que puede verse y analizarse el asunto.

 

 

Suelo responder que advierto en ese tema un aspecto esencial de la convivencia entre los seres humanos y especialmente, entre estos y las estructuras políticas, económicas, sociales e institucionales que ha producido la normación societaria, desde el alba misma de la organización pública.

 

 

No pienso y, quiero hacer énfasis en ello, que el principal rasgo del instituto de la ciudadanía sea la relación del individuo con el Estado o acaso de una comunidad ante el aparato del poder. No niego que luzca capital ese lazo, ese tejido, ese nudo para distinguir y calificarnos; empero, siguiendo a Ernest Renan, privilegio el sentimiento de pertenencia e identidad compartida, propia de la definición sociológica de nación y que suscita mayor confianza espiritual e incluso conceptual, y lo coloco por encima.

 

 

Ese querer vivir juntos, del que hablaba el francés en su celebérrima conferencia en la Sorbona de París, en 1876, si mi memoria es buena, se combina con aquello de Ortega y Gasset, extensible pienso hasta este extremo, de la historia compartida.

 

 

Nada de eso sin embargo cabe resaltar antes que otro elemento en el rompecabezas que se viene completando desde hace dos milenios. La necesaria convicción de que hay un proyecto mayor, la humanidad y que, en su obra, todos tenemos un espacio con derechos, y todos también un deber correlativo.

 

 

La complejidad de la relación del ser humano y la potencia pública, vieja como el tiempo mismo y siempre pendiente de ratificarse en sus embrollos, confusiones e insinceridades, juega un papel que se torna calamitoso a veces y que conste que se ha progresado, especialmente, después de la segunda guerra mundial y el arribo a la consciencia y al discurso de la reordenación internacional y del desarrollo de los derechos del hombre y del ciudadano.

 

 

Traigo esto a colación para responder no a una pregunta, sino a un reclamo en carencia de un lector, quién deja entender que la circunstancialidad de la migración venezolana actualmente exige considerar la problemática del país de destino y el metabolismo subsecuente.

 

 

Si bien no fue nunca el objeto de mi reflexión el asunto, y menos las políticas de Estados Unidos, complejísimas y en medio de una muy peligrosa coyuntura histórica que muestra un peligroso forcejeo civil entre los partidarios republicanos, y en particular del populismo trumpista, y del otro un exacerbado desafío a las tradiciones y a los valores estadounidenses que esconden disensiones de todo género y que se constituyen en las huestes, más por conveniencia que por convicción, del partido del presidente siempre cuestionado Biden, pero que refleja también un problema en el mundo que arriesga las estructuras preceptivas todas y solivianta las convenciones sociales universales.

 

 

El mundo no se quiere, no se admite, no se tolera a sí mismo, podría decirse como corolario de la lectura de los diarios europeos y norteamericanos que glosan cruentos y a ratos mas que sesgados las informaciones sobre las disputas endógenas, pero también y enfáticamente, las exógenas.

 

 

En efecto, el homo actual dejó de arrogarse, atarse, ceñirse a los estados nación y se postula; se asume cual nómada que se echa a andar, escapa, se refugia, se filtra lejos de su comunidad nacional y lo hace con un argumento a la mano de difícil discusión; para tratar de vivir con dignidad y a veces simplemente sobrevivir, me marcho. La respuesta del receptor es francamente, y a menudo, sencillamente inhumana.

 

 

Huir de la guerra, de las calamidades, del hambre, de las endemias, de la pobreza, es para cualquiera justificable, pero, el tema tropieza con el profundo arraigo de los nacionalismos y la histórica desconfianza o peor aún rencores y odios, hacia identidades generales distintas.

 

 

Basta ver lo que pasa en la India, China, Pakistán y aún, en España o Bélgica o Chile y sobran los ejemplos en África y Asia; para apreciar la dimensión del componente y la tendencia que ha venido la cuestión perfilando, para comprender su extensión deletérea y toxicidad.

 

 

La más grande utopía que ha encarado el ser humano es la de una humanidad real, genuina, verdadera. Es el ser humano distinto a los demás en su igualdad inclusive y se destaca, en todas las épocas, su deseo de distinguirse, diferenciarse y sobreponerse unos sobre los otros. Siempre ha sido así y quizás lo seguirá siendo, pero, eso no impide el proceso de perfectibilidad en que ha venido evolucionando y ese hallazgo cognitivo, espiritual, moral, ético y racional de los derechos humanos que lo impulsa a encarar su falencia y a procurar su homologación. Somos un todo, no obstante ser también una brizna de paja, cada uno, en el cosmos.

 

 

De una fantasía de humanidad y en la derivación conceptual de la susodicha, emerge la ciudadanía universal. Con cuyo abordaje nos topamos al pensar, meditar, calibrar lo que significa para los venezolanos fugarse de acá y llegar a huir a Estados Unidos también.

 

 

El ciudadano como instituto social y de consecuencia histórica se remonta a los anales griegos primeramente y ha recorrido todas las épocas con mayor o menor énfasis y significación. Es un constructo relacionado al poder y su dinámica.

 

 

 Nelson Chitty La Roche